Bajé del autobus y caminé hacia el rumbo que me llevaban mis pasos, sin encender la cabeza. Lo único que quería encontrar era una casita para los días que estaría en las montañas.

Cuando me detuve el pueblo había quedado atrás. Lo veía a lo lejos y no tenía ganas de regresar. Me senté en ese mismo lugar sientiendo que estaba en el límite entre desaparecer y caminar hacia un lugar con gente.

No tenía ganas de ninguna de las dos cosas. De un lado había demasiado silencio y del otro lado demasiado ruido. Permanecí ahí sentada quizá tres horas. Cuando tuve hambre saqué mi sanduich de miel con mantequilla y observé la tierra sobre la que estaba sentada.

A unos pasos crecían tres flores amarillas sobre un suelo aparentemente seco. Pensé en las flores de acahual y pensé en las abejas y en la miel que me estaba comiendo. Ese pensamiento fue suficiente para que me pusiera en pie y caminara hacia el pueblo. Tenía hambre y por la sensación del aire pronto oscurecería.

Encontré a un señor y a una señora en el camino y ellos fueron quienes me permitieron dormir en su casa. Me instalé junto a una mesa de madera y ahí mismo puse mis cobijas. Me ofrecieron leche tibia y les platiqué algunas cosas para darles confianza. Por la expresión de su cara creo que les daba risa y extrañeza. Ahí estaba yo sola, siendo mujer, con mi cara de niña y diciéndoles que la ciudad a veces me cansaba.

Cuando me acosté admiré el silencio. Ladraban unos perros a lo lejos. Recuerdo que sonreí de lo feliz que encontraba aquel momento. La casa de los señores olía a tierra y a humedad, a hierba y a madera.